Renovarse o morir

Las empresas, igual que las personas que las dirigen, se  pueden dividir (y pido disculpas por la simplificación) en tradicionalistas e innovadoras.

Las tradicionalistas hacen un trabajo de libro, perfeccionan un método, acumulan experiencia y clientes fieles. Es la panadería que hace ese pan tan bueno, igual de bueno como el que comíamos de pequeños. La ferretería del barrio, cuyo dueño te atiende con paciencia y te encuentra exactamente la referencia que necesitas, aunque tu no te la sabías cuando entraste por la puerta. Son aquellos comercios cercanos, donde muchas veces recibirás un producto o servicio de calidad excepcional, aunque no tengan presencia online y su gestión la siguen haciendo en papel.

Las empresas innovadoras son las que, viendo el mundo con un ojo crítico, mejoran o directamente cambian los métodos convencionales de hacer las cosas. Aportan novedad y se arriesgan a fallar estrepitosamente, ofreciendo un servicio inédito. 

En la mayoría de los casos, los cambios son traídos por los innovadores, pero hay momentos en la historia cuando un evento exógeno, como la actual pandemia, nos obliga a todos a ser innovadores, por una cuestión de pura supervivencia. 

Es el caso de los entrenadores de fitness que se han pasado al online, de los restaurantes que se han transformado en dark kitchens etc. La pandemia ha traído consigo también la transformación digital y el teletrabajo para las empresas que estaban preparadas y para las que no.   

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